martes, 5 de enero de 2010

No te salves


No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma

no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios

no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo

pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana

y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo

(no te salves, m.benedetti)

Parecido razonable



La niña cruza la plaza con los pies descalzos. Mira hacia la izquierda, donde debiera estar la iglesia. Ésta se encuentra sin embargo a su derecha, justo donde tendría que hallarse el río. Tal vez es el río el que ha cambiado de lugar. No puede recordarlo, se siente desorientada. Ignora de dónde procede, así que sigue caminando en línea recta. La iglesia habría de estar a su izquierda, de eso está segura. Apenas puede recorrer en su memoria el espacio que la rodea para intentar definir sus límites. No sin esfuerzo, puede discernir algún sonido, un susurro, un incierto olor a cera quemada.
Los faroles la deslumbran, sus luces son en exceso brillantes para ser sólo unas lamparillas callejeras cuya función es acotar los contornos de la plaza, dejando los espacios entre ellas en sombra. Pero todo lo que alcanza a contemplar está perfectamente iluminado. Nada se encuentra en penumbra o a media luz. Excepto el espacio detrás de las farolas, que es oscuro y denso. A medida que se aproxima hacia ellas, se achatan, hasta quedar casi a ras de suelo. No puede ver nada porque la luz es ahora demasiado intensa y el calor la sofoca y aturde. Los sonidos se acrecientan, los susurros se han convertido en murmullos y éstos en voces. Sigue caminando.
Las voces se oyen con mayor cercanía pero no comprende lo que dicen, pues se mezclan y confunden. Gira a su izquierda y cruza el pequeño puente de madera para dirigirse hacia las luces más alejadas. La construcción tiembla como si su estructura fuera frágil y quebradiza, traicionando la solidez aparente de sus gruesos troncos. La balaustrada que parecía sólida y áspera se estremece al contacto de su mano y es rugosa, pero no araña su piel. La bóveda de árboles sobre el puente pierde volumen y espesura. Las luces están ahora muy cerca y las voces también. Se siente desvanecer levemente, las piernas tardan en responder y sus pasos son indecisos, temblorosos.
Puede imaginar su propio reflejo en la oscuridad detrás de los faroles en los que arden innumerables velas. La noche semeja un cristal nítido e indescifrable. Ella no es más que una figura diminuta y solitaria en la gran plaza; el vestido estampado en tonos tristes, el pelo ondulado, de un dorado sucio, cayendo libremente sobre el rostro y los hombros. Cree mirarse a los ojos en su propio reflejo, pero son otros ojos los que la persiguen y escrutan mientras avanza. Voces que ahora sí le gritan, que por fin distingue: vamos, habla, di algo, te has quedado muda?
Qué pretenden que haga? Qué quieren que diga? Desea regresar y refugiarse tras la cortina, pesada e impenetrable como la noche, que oculta la entrada por la que accedió al escenario. Esconderse allí y esperar a que las voces se diluyan y todo vuelva a quedar en silencio.

ovillos



mientras devano la memoria
forma un ovillo la nostalgia

si la nostalgia desovillo
se irá ovillando la esperanza

siempre es el mimo hilo

(m.benedetti, ovillos)

el juego (los sentidos)


23.20. El traqueteo incesante, amortiguado por el murmullo de las conversaciones, se detuvo apenas unos instantes y un breve intercambio de permanencias y ausencias se produjo en Charles de Gaulle-Étoile. Varios turistas japoneses salieron, otros entraron en el vagón pertrechados con sus cámaras y sus carteras, repletas de francos y siempre bien a la vista. También accedieron al interior una gran mamadou africana con su turbante multicolor de varios pisos y una mujer árabe envuelta en un negro shador, pero no pude reconocer ningún rasgo familiar. Debió de ser ahí sin embargo, en medio de la confusión, en ese aire quieto que rezumaba verano y humanidad, donde se incorporó al metro. No fue hasta Franklin D. Roosevelt que pude por fin reparar en ella. El tren, como casi siempre a esa hora, se vacía de extraños y asiduos, el ambiente se torna más respirable y las conversaciones se atenúan. Al marcharse la mujer del shador, por fin alcancé a tener una vista más o menos despejada del resto del vagón y allí estaba, de pie junto al siguiente grupo de asientos, a unos dos metros de distancia. La cabeza ligeramente ladeada para escuchar mejor la conversación de su acompañante, pero la mirada perdida en un punto inconcreto que parecía estar muy cerca de mí. Él le hablaba muy cerca, pegado al oído, como si pronunciara palabras únicamente para ella. Ella sonreía con la discreta ligereza de la Lisa Gherardini de Miguel Angel, con el gesto breve que sólo se aprecia cuando uno la observa de un modo periférico, como ella misma parecía hacer conmigo. Se apartó un mechón con un ademán relajado, o quizá indiferente. El cabello de Lisa era rojo intenso, broncíneo, en contraste con su piel blanca. Blanco era también su vestido de tirantes, que dejaba al descubierto una clavícula bellísima de la que pendían unos hombros salpicados de pecas que no contribuían sino a acentuar su belleza. Uno de los tirantes se había deslizado por aquella redondez, sin que esto pareciera importarle demasiado.
23.29. Las puertas se abrieron nuevamente en Champs Elysées-Clemenceau e inocularon una ráfaga de aire fresco, y con ella un aroma nuevo y diferente a los que ya había identificado en el vagón. La esencia ahumada que emanaba de la camisa de trabajo de mi compañero de asiento, mezclada con la transpiración acumulada de otro caluroso día de julio, había conseguido saturarme hacía rato. Como también lo había hecho el olor a microfibra largo tiempo olvidada que desprendía la mamadou, apenas eclipsado por los efluvios que se originaban en su propio turbante contagiado de esa loción viscosa que alisaba o tal vez definía aún más sus rizos. Percibía también la esencia de curry, depositada en sucesivas capas imposibles ya de borrar ni enmascarar, que despedía el oscuro hombrecillo sentado frente a mí, a la derecha, cada vez que se agitaba en ademanes excesivos para atraer la atención de sus compañeros de los asientos contiguos. Una vez abiertas las puertas y apaciguado el vagón, esa ráfaga trajo consigo una fragancia hasta entonces no clasificada en aquel limitado microcosmos, pasó de manera dulce sobre ella, la envolvió, y me regaló una esencia que no traía notas florales y previsibles, como hubiera sido de esperar en una joven tan hermosa, ni siquiera ecos de agua perfumada o de campiña húmeda. No. Era algo tierno y exquisito, que susurraba, que emanaba de ella, algo que daba ganas de aspirar sin descanso, hasta desfallecer. Una de esas fragancias que es necesario engullir, devorar hasta saciarse. Un aroma que recordaba a la harina recién horneada, a la miel derramada por algún experto pâtissier sobre una de sus primorosas creaciones, a la canela pródigamente espolvoreada sobre un bocado de delicatessen como los que se exhiben en las vitrinas de la rue du Temple. Una esencia delicada y apenas perceptible que culminaba en un levísimo matiz afrutado que le otorgaba una nota última e irrepetible de frescor, de sosiego.
Regresé del éxtasis y busqué sus ojos, que ahora notaba más cerca y pude sentir, quise sentir, que me miraban a pesar de que parecían concentrados en algo que me rodeaba, más que fijos de un modo concreto en mis pupilas. Eran unos ojos de un color gris vagamente violeta, casi podría haberlo jurado a pesar de la distancia. Esa mirada entornada de Ofelia prerrafaelita que uno no sabe, por más que indaga, si yace o si reposa sobre las quietas aguas del estanque. Parecía observarme, pero al tiempo traspasarme, y esa incertidumbre en la diana de su mirada me producía una desazón que acrecentaba el ansia de acercarme, de hacerme notar, de que dejase de hablar con su joven acompañante. A veces él rozaba su mentón con la mano derecha, para atraerla hacía sí, sin estar nunca a menos de cinco centímetros de sus labios, pero tampoco mucho más lejos, intentando sin duda retener el aliento de ella.
Lisa, Ofelia, hazme alguna señal para que me acerque, le dije pausadamente, con los labios apenas entreabiertos para que nadie más que ella pudiera percatarse; olvida a ese infeliz que no te conoce, que no te merece, continué sin pronunciar sonido alguno, y muéstrame el camino. Por un instante me pareció que volvía a reparar en mí, aunque de un modo irrelevante, ya que la mirada se escurrió de inmediato y yo mismo no hubiera podido asegurar que captó el mudo mensaje, pues continuó charlando distraídamente con el chico. En ese momento resultaba cruel, como la Judith que seduce, embriaga y engaña al bravo Holofernes hasta hacerle perder la cabeza. No cabía duda de que Ofelia o Lisa o Judith era seductora de un modo intrínseco, sin proponérselo. Sus ademanes, sin embargo, parecían honestos. Su mirada ausente, que vagaba a mi alrededor, dentro de mí, me devolvió a ella, acrecentó el ansia de sumergir mi rostro entre sus largos cabellos rojizos, junto a su mejilla. Sentí que podría permanecer allí, acurrucado en la frondosidad acogedora de sus rizos, durante el resto del viaje, durante toda la vida. Susurrarle al oído, te amo, te amo y puedo ya imaginarlo todo junto a ti. Sentir sobre nuestros cuerpos insomnes el sol inaugural de la mañana, que despejará la oscuridad en todos los recovecos de la pequeña buhardilla de la place d’Anvers. Notar la dulce presión de tus manos sobre las mías, gesto cómplice que acabará por fin con la soledad.
Prochaîne arrêt: Concorde, correspondance avec des lignes huit e douze…
23.38. La curva que precede a la parada me devolvió al metropolitano, al perpetuo vaivén. De pronto alguien que había pasado de un vagón a otro a través de la portezuela del extremo situado a mis espaldas, se sentó precisamente delante, ocultándome la más esperanzadora visión de la que había podido disfrutar en mucho tiempo. ¡Casi todos los asientos estaban libres, pero el sujeto se había sentado justo en frente! Me fijé en él y comprendí de inmediato sus razones. En un equilibrio precario conseguía yacer medio recostado sobre el asiento, y al tiempo mantener entornada, con una pierna larguísima y flacucha, la puerta de acceso al vagón contiguo, que se abría en nuestra dirección. Así podía disimular el fuerte olor que desprendía el porro que se estaba fumando. En apenas unos minutos había pasado de anticipar por fin un amanecer silencioso, a la más grosera realidad. Unas cuantas rastas rebeldes habían escapado de su gorro de lana tejida a mano en el que parecía haber insertado a presión su cabellera sintética, ya que era un extraño sucedáneo de rastafari suburbano.
--- Perdone, le importaría apagar eso y cerrar la puerta, el aire del túnel está todavía más caliente que el de aquí adentro… --- le espeté en un tono que pretendía ser seco y contundente, pero que resultó algo aflautado por la tensión. Aún así, procuré no llamar demasiado la atención de los pocos viajeros que quedaban en el vagón, pensando en ella. Todavía no era el momento de ser protagonista. Aún no estaba listo.
Ni se inmutó. Seguía inhalando con avidez los efluvios del canuto, ahora casi extinto, y meneando rítmicamente la pierna y con ella, la portezuela.
--- Disculpe ---grité bastante más alto---, le he pedido por favor que apague el cigarrillo ya que aquí no se puede fumar y además el aire es irrespirable con tanto humo, ¿no ve que se queda todo dentro?
Nada. El descomunal gorro seguía ladeándose al compás del traqueteo del convoy. Entonces estallé por dentro, apreté los puños y sentí como se me encendía el rostro. Me hubiera gustado gritarle: ¡oye, bob marley de pacotilla, que apagues ya el maldito porro y cierres la puerta de una vez, carajo!, para luego cogerlo del cuello y zarandearlo sin piedad hasta que suplicase, sí señor, lo siento señor, discúlpeme, hubiera debido apagarlo antes de entrar, no pensé que le iba a molestar...
Entonces sucedieron varias cosas de modo casi simultáneo: el tren entró en la estación de Tuilleries, desacelerando un tanto bruscamente, por lo que estuve a punto de perder el equilibrio. El rastafari se puso en pie de un salto sorprendentemente ágil para su escurrida anatomía, me esquivó en el aire casi sin rozarme, y en dos zancadas alcanzó la puerta. Fue entonces cuando reparé en los auriculares que colgaban de sus perforadas orejas y que habían permanecido ocultos bajo las rastas y el gorro. Pude además comprobar que ella ya no estaba en el asiento posterior, ni su acompañante tampoco.
Sorteando a los pocos viajeros que accedían al vagón en ese momento, me dirigí con ánimo expectante hacia el fondo, donde me parecía haber visto un destello de fuego. Lisa, Judith, Ofelia estaba sentada junto a la última puerta, con las manos apoyadas en el regazo, sobre su bolso, y la mirada distraída en los anuncios del otro andén. Me senté justo en frente esta vez. La distancia entre asientos en esa zona del vagón era mayor, pero no tanta como para no ser percibido con relativa facilidad. Supuse que su amigo debía de haberse bajado en Concorde, y estaría ahora remememorando sus labios, sus ojos, su aliento. Pensé que aquél hubiera sido un buen momento para escribir algo sobre ella, suele apaciguarme, especialmente tras un momento de tensión como el que acababa de sufrir. Normalmente la selección resulta poco compleja, ya que el resto de mujeres en el vagón suelen ser tan anodinas como anodino y repetitivo es el viaje dos veces al día entre Bastille y La Dèfense, y vuelta. Elijo por fin a la candidata y redacto en un papel o en la memoria mi puntual elogio, mi estrategia. Lo hago mientras permanezco sentado muy cerca, una vez dentro del tren, tras perseguirlas por el andén cuando descienden, después de correr tras ellas por los interminables pasillos y las veloces escaleras automáticas de un transbordo entre líneas o las pasarelas de un conmutador de cercanías. A veces me sonríen, les divierte saberse elegidas. Me permito entonces abordarlas y presentarme, agradecer y alabar su mirada, su sonrisa, que me han proporcionado el arrojo suficiente para poder acercarme y vencer mi timidez compulsiva. En ocasiones tartamudeo, porque se me agolpan demasiadas ideas en una sola frase, y no pueden salir todas a la vez. Debo parecer un poco torpe, algo desaliñado, incapaz de sostener por más tiempo sus miradas que se tornan incrédulas. La mayoría me consideran inofensivo, un poco trastornado tal vez. Se disculpan en seguida porque llegan tarde al trabajo, porque tienen que recoger algo con cierta urgencia en algún lugar, porque las esperan en casa o en un café desde hace rato. Y se pierden con paso rápido entre la gente. Otras me desafían, con rostro altivo, conscientes de mi acecho, de mi interés, habituadas a sentirse observadas, hastiadas de ser perseguidas. Me siento entonces incapaz de emitir sonido alguno. Soy vulnerable y pequeño, vuelvo a ser un niño solo, en un juego en el que nadie quiere participar. Regreso entonces a casa, me refugio en el altillo y confío en que esa noche podré dormir. Sé que sus rostros desafiantes estarán esperándome, riéndose de mí, negándome el sueño, burlándose una vez más. Volverán otros tantos rostros que me han perseguido desde niño, en la escuela, en los juegos, en la clase de gimnasia, en las reuniones familiares, en la oficina, en un trabajo anterior. A lo mejor esta vez es diferente. Merece la pena intentarlo. Su mirada es especial, es seguro.
Mi estación se encontraba cada vez más cerca. Regresé a Ofelia, a Lisa, a Judith. Contemplé mi reflejo en el cristal, justo entre su silueta y la de una diminuta mujer de rasgos indochinos que apestaba a jengibre, lo podía oler desde mi asiento. ¡Creo que me está mirando de nuevo! El tren está a punto de enfilar ya la estación, Bastille por fin y por desgracia. ¿Y si no se levanta, y si permanece sentada porque continúa hasta Gare de Lyon? Es un gran cruce de líneas, puede que vaya a realizar allí cualquiera de las combinaciones posibles, y desaparezca para siempre. Quizá ya no vuelva a cruzarme con ella. Puede que se haya quedado hasta aquí por descuido, o por algún motivo concreto que no se repetirá. O tal vez esté de paso en París y ya no vuelva a verla. Algo me dice que es ella. Julianne, Catherine, Isobelle, Anna, Maryse. No importa el nombre, únicamente el deseo de que esta vez sea diferente, que me conceda conocerla, hablarle de mi cálculo de probabilidades, de que si no es ahora, puede que ya no vuelva a ser. Quiero llevarla a casa y quedarme dormido a su lado. Dormir una noche entera, no pido más. Parece inquietarse, como si intuyera que la estoy escrutando, resolviendo, anhelando. A lo mejor he vuelto a parpadear con el ojo derecho y lo ha notado. Es apenas un leve temblor inesperado, pero si me ha mirado, se habrá dado cuenta. Se prepara para iniciar el ritual cuando el tren se detenga. Se alisará el vestido y se colocará el bolso en el hombro, sujetándolo con el brazo. Se apartará nuevamente el mechón de la frente y lo colocará a un lado, mientras se mira en el cristal para comprobar que todo sigue en su sitio. Puede que ni siquiera repare en mí y su mirada me rodee, convirtiéndome en algo insignificante mientras espera a que se abran las puertas.
23.54. Ofelia, Lisa, Judith, abre el bolso, rojo intenso como su cabello, extrae un palito pequeño y blanco, de algo más de una cuarta de largo. Con unos pocos movimientos de sus dedos hábiles lo transforma y extiende hasta que cuadruplica su longitud. Tantea el aire frente a sí con el bastón y en un movimiento continuo y fluido, se levanta, se gira y cruza el umbral de nuestro destino. Tengo una breve visión a través del cristal de su rostro ya borroso, de sus ojos de presunto color violeta. Un instante más y desaparece escaleras abajo en el andén. Las puertas se cierran sin que yo haya podido siquiera reaccionar. En frente, la petite chinoise me observa y se sonríe. Regresaré andando a casa desde Gare de Lyon. Espero que el comprimido me haga efecto en seguida y pueda dormir, aunque sólo sea por unas horas. Necesito dormir para borrar esas risas que me acusan.

sábado, 11 de julio de 2009

tus manos


Extiende tus manos,
coge las mías.
Apriétalas toda tu vida.

Abre los ojos,
mira los míos.
Entra en mi mundo,
quédate conmigo.

Abre tu cuerpo,
acércalo al mío,
dame calor
en este invierno tan frío.

(Tus Manos, Basi Mendoza)

miércoles, 8 de julio de 2009

Der Kuss (el beso)


Emilie se frotaba ansiosamente la mejilla derecha como solía hacer cuando se encontraba nerviosa o excitada. Observaba de nuevo el cuadro. El hombre, perdido en el beso, ausente, anónimo. La mujer diluida también en ese acto de unión sin tiempo. Ambos rodeados de un marco refulgente, inmersos luego en un espacio indeterminado. Cada vez que miraba la pintura, reconocía en el amante a su propio padre; en la dama, a ella misma. No podía sustraerse, intuía algo incierto en esa imagen recreada, en ese momento inadecuado; se sentía así, subyugada, inerme, y a la vez protegida, confiada entre las grandes manos de él, mientras lo agarraba fuertemente con las suyas y se dejaba llevar, con los ojos cerrados. El beso no era impúdico. Esa excusa casi siempre solía funcionar, la sosegaba y la devolvía a su frágil equilibrio. Al fin y al cabo la mujer recibía el ósculo en la mejilla, no en los labios. Bien podría ser el beso de un amigo y no de un amante. O de alguien muy cercano, de un familiar, de un benefactor, sí; pero no necesariamente de un amante. Los besos de los amantes no son castos; al menos no los besos de amantes que ella había recibido hasta entonces, ansiosos, líquidos, demasiado urgentes para su gusto.
Le había costado mucho llegar a ser la coordinadora de conservación y restauración de la Österreichische Nationalgalerie de Viena. Había heredado de sus progenitores los rasgos mediterráneos, el cabello azabache, la mirada intensa y el gesto cálido, por eso la creyeron incapaz de completar aquella carrera, larga y complicada, al menos de terminarla por la vía tradicional. Hubo de recluirse detrás de unas gafas de gruesos cristales que no le hacían falta, de un corte de pelo masculino y desaliñado, de una indumentaria rectilínea y aburrida hasta la mojigatería y de unos ademanes poco amables. Aún así, sus compañeros pensaron que había obtenido sus excelentes calificaciones en modo horizontal, lejos de las aulas y la biblioteca, de los libros y los apuntes, cerca de alguno de los docentes de mayor rango como el maduro e influyente decano, que no le quitaba ojo de encima en el hemiciclo, incluso cuando ella comenzó a vestirse a lo garçon. A ella el respetable cincuentón no dejaba de parecerle atractivo, pero prefirió concentrarse en sus interminables horas de estudio, en los cientos de libros de arte que buscó, intercambió, y devoró, en el proceso de sublimación de su resuelta pasión por Klimt. Esa obsesión casi enfermiza por el pintor comenzó con este mismo cuadro. Contaría cuatro o cinco años la primera vez que su padre se lo mostró, los dos solos en el reducido apartamento, mientras le acariciaba la mejilla después de depositar allí un beso silencioso, muy cercano. No era más que una fotografía de pequeño formato aparecida en una revista especializada en arte, apenas media hoja, pero el papel satinado y los fieles colores de la reproducción llamaron su atención en seguida. Sus tiernos ojos convirtieron aquella escena en algo único, en un momento íntimo e irrepetible que ella había tenido la fortuna de poder contemplar junto a su padre y gracias sólo a él. La sedujo el mosaico dorado de los ropajes, con su intrincado mapa de figuras y motivos geométricos, y las manchas de rojo, como ramilletes de amapolas, casi como gotas de sangre, que adornaban la túnica de la mujer y el frondoso suelo. En aquel primer contacto ni siquiera reparó en el fondo marrón de breves destellos, tan distante del resto de la escena, ni tampoco en el vacío, a la derecha, del que los pies de la pequeña dama parecían colgar. Podía notar la presión impaciente de la mano de su padre, tan próxima a su regazo. Tan suave.
Algunos recuerdos bien podían ser incluso inventados, o adulterados por una imaginación dúctil y vulnerable. Sabía sin embargo que su nombre, Emilie, era el mismo que el de la que fue amante de Klimt durante casi toda su vida, lo que había sido voluntad ineludible y requisito expreso de su progenitor; y que si hubiera sido chico, se hubiera llamado, obviamente, Gustav. Sabía también que su padre, un sardo emigrado a la península, había sido un admirador incondicional del pintor. Incondicional también del casino y de las casas de apuestas, donde se esfumaba junto con su salario recién cobrado, ausentándose durante días, para regresar sólo cuando necesitaba comer o dormir. Había detalles que recordaba por sí misma, como el semblante autoritario pero evasivo de su padre; los rasgos definidos y viriles propios de los insulares, las manos grandes y fuertes que la asían firmemente cuando sus pies perdían el suelo, mientras cerraba los ojos a la espera del tan ansiado beso que la reconfirmaba en su papel extraordinario de hija única e insustituible. Muchas veces ante la clara desaprobación de su madre que con una mirada resignada, o torcida, intentaba interponerse entre ambos. Su desaparición por tanto no fue algo inesperado, pero sí se prolongó más de lo que estaban acostumbradas a soportar, entre otras cosas porque a esas alturas del mes, ya no quedaba dinero para gastar y pensaron que él no podía andar muy lejos. Un caluroso y húmedo día de finales de junio, dos semanas después de su cumpleaños, tras una breve tormenta que apenas había calado en el exterior, Emilie le esperaba sentada en el patio, como había hecho el día previo y el anterior, anticipando su llegada con los ojos cerrados: vestida de dorado, sobre un manto de hierba, al borde del abismo al que nunca sucumbiría porque él la sujetaría con fuerza. Siempre que tenía ensoñaciones, se estremecía, podía sentir sus sólidos brazos alrededor y los labios cálidos y temblorosos sobre su mejilla delicada, acto que sellaría de nuevo y para siempre la alianza en la que su madre desde luego no tenía cabida. Pasaron de nuevo el mediodía y la tarde, abrasadas por un sol impío, y tuvo que subir a cenar, pero él no apareció. En el apartamento se respiraba un nerviosismo creciente porque la pelea de días atrás había sido inusualmente violenta, con gritos y amenazas en las que se mencionaba su nombre. La pasta aquel día era casi un puré, una masa homogénea mezclada con el parmesano desmenuzado, pero ninguna de las dos reparó demasiado en la comida, anticipando lo inevitable. Llegó la tarde y siguió esperando, ahora ya junto a la verja que daba paso al patio, para estar un poco más cerca de la calle por donde él solía bajar, por donde tenía que bajar, pero tampoco apareció. Cayó la noche, densa e inmóvil, y decidieron dormir las dos en la misma cama, por temor a hacerlo separadas esa primera vez, evitando rozarse porque el calor podía más que el deseo de rellenar ese vacío. Siguió esperando varios días, ya a ratos, junto a la verja. Hasta que las jornadas se hicieron más breves y el aire más respirable y las noches más frescas. Pero nadie vino. Creyó distinguir varias veces su gorra de celador, con el trenzado frontal sobre la visera, y su traje oscuro casi militar, de botones de metal brillante; pero resultaron ser siempre rostros ajenos, brazos extraños que no la iban a sostener, labios que no la iban a besar como si fuera el fin del mundo porque no sabrían reconocerla. Fue su madre, quien se empeñó en difuminar la memoria de aquella época, con relatos progresivamente menos aderezados sobre un viaje para requerir una improbable herencia en ultramar, de un pariente del que nunca antes se había oído hablar, y anunciando mes tras mes un regreso inminente que nunca aconteció, hasta que se cansó de repetirlos y Emilie de escucharlos. La portera y algunas vecinas del edificio sin embargo murmuraron durante mucho tiempo sobre una bella lolita, excesivamente joven, recién llegada al barrio desde la capital, y también acerca de un sardo vividor y desapegado, aficionado a jugar en el límite de la decencia y demasiado apuesto para una pequeña ciudad de provincias, demasiado maschio para una mujer débil y avejentada prematuramente por un exceso de soledades. Pero la princesita esquiva y consentida negó el abandono y el olvido, y eligió la versión casi épica del padre viajero. Lo imaginaba regresando vestido como un galán de cine en technicolor, al volante de un deportivo blanco, en una tranquila tarde de verano, como aquella que no conseguía olvidar, pero con un sol más amable y una brisa del Adriático fresca y levemente húmeda, que ella siente en su rostro mientras él conduce velozmente hacia el puerto, con el brazo rodeándola por detrás del cuello y acariciando lentamente su cabello, su mejilla, como solía hacer cuando estaban solos; escapando los dos del apartamento y de la triste mujer, alejándose para siempre de Rávena, de ese mundo pequeño y previsible, y poniendo a su alcance más, mucho más; el mar, su risa de nuevo, los besos, las caricias, y más allá, Venecia y una nueva vida, ilusiones para despertar del letargo, para no volver a separarse ya más.
Lo único a lo que pudo agarrarse a medida que fue creciendo, especialmente tras la muerte de su madre, fueron unos cuantos recuerdos puntuales, unas pocas cartas en las que no se hacía referencia alguna a su íntimo pacto. Entre sus escasas pertenencias estaban los libros de arte que había ido acumulando hasta que se trasladó a vivir a Viena, y una lámina de 'El Beso', con una breve dedicatoria posterior: "Un beso de silencio para una nena muy especial", con trazos poco hábiles pero rotundos. Un regalo de su padre, el día de ese último cumpleaños, una reproducción que simulaba un óleo, casi a tamaño real, dentro de una orla dorada, de un brillo débil y plástico. Ahora estaba desvaída, sin marco y con las esquinas visiblemente deterioradas, pero era todavía el vínculo más real que conservaba a su infancia, a su padre, a lo que era. Parecía imitar y delimitar aquel período. El abrazo, la incertidumbre, ella misma, la entrega, la solidez de unas raíces doradas que se dejan caer sobre tierra firme.
Había planeado el cambio durante meses, puede incluso que durante años, porque podía recordar cómo ya en la universidad, en su pequeña habitación compartida, soñaba con poseer ese lienzo; no era más que una fantasía, un sueño de ojos abiertos, que le producía un vago malestar y al tiempo le aceleraba el pulso y le removía algo muy adentro, por debajo del vientre, un cosquilleo que le erizaba la piel y fatigaba su respiración. Según pasaban los años esa fantasía fue adquiriendo una especial relevancia. Los besos de los chicos que fue conociendo no eran el beso ni de lejos; el recuerdo de aquellos besos paternos siempre se colaban en sus ensoñaciones, en sus encuentros, incluso en los momentos más íntimos; de pronto sentía cansancio, o desasosiego, o indiferencia y era incapaz de continuar. Tenía que salir corriendo a su cuarto diminuto de y esperar a que su compañera se marchara para masturbarse con urgencia, delante de la lámina de Klimt, volviendo a repasar una vez más cada ángulo consabido, cada detalle memorizado del cuadro, de la escena repetida una y mil veces, y así era muy fácil, unos breves movimientos de sus dedos ágiles y alcanzaba el orgasmo en unos instantes, entre sollozos contenidos, cerrando los ojos y deseando que todo acabara allí. Luego se llevaba la mano a la cara, anhelando un contacto que no llegaba, y se frotaba la mejilla derecha hasta casi enrojecer.
Su primer trabajo como marchante de arte en Florencia la fue acercando progresivamente a su objeto de deseo. Viena cada vez estaba más próxima; y el museo, y con él, el beso. Le había llevado poco tiempo ganarse la confianza de Herr Gehrer, el director del museo, de hecho menos incluso de lo que ella esperaba; sólo unos meses después de que fuera contratada como su asistente personal, él mismo la designó coordinadora de restauración y conservación, su mano derecha. Entró directamente a trabajar con él y lo consiguió por méritos propios, si bien se había preocupado de adornar el currículo con una fotografía de medio cuerpo en la que se apreciaba ya su belleza recuperada tras años de máscaras y sombras. Segunda en jerarquía dentro de la galería nacional, le resultó fácil trabar una cierta amistad con los celadores nocturnos, que la introdujeron en los recovecos y circuitos de seguridad. Todos los dispositivos de vigilancia se controlaban desde un ordenador cuya clave poseía Herr Gehrer, es decir ella misma, cuando él se debía a sus continuos compromisos sociales y profesionales fuera de la ciudad. De este modo, pudo conocer a fondo el museo, sus salas y recintos, y familiarizarse con la compleja infraestructura que protegía el edificio y las obras que en él se contenían. Un gran número de ellas permanecían guardadas en los dos niveles de sótanos, por falta de espacio hábil hasta que se completara la ampliación del museo. Fue así como encontró la reproducción de 'El Beso' firmada por Hans-Dieter Kleine, discípulo eminente de Klimt y primer custodio de su obra. El lienzo era tan sorprendentemente fiel a los trazados de la obra original que incluso a ella le costaba diferenciar ambas. Las pinceladas habían sido cuidadosamente depositadas sobre el lienzo crudo y encolado, capa tras capa, durante largas jornadas de trabajo, meses probablemente. El negro e irregular contrapunto en el mosaico de la capa, el pan de oro que envolvía a los dos protagonistas, los breves destellos sobre el fondo evanescente, el oscuro cabello del hombre y el caoba de la mujer, el rojo de los labios… era un trabajo tan minucioso que sin duda Kleine debía haber idolatrado a Klimt con igual desvelo, aunque faltaba algo. No sabía precisar exactamente qué, pero carecía del halo que la había hechizado desde que recibió aquella primera lámina el día de su cumpleaños: algo quizá en los labios de ella, un breve rictus en los extremos que no sugería entrega, silencio, sino indiferencia, un cierto rechazo incluso. Ella no era la mujer, y él, desde luego, no era el hombre, eran sólo dos remedos, dos copias casi perfectas, pero vacuas, adimensionales. No eran el fruto de una creación original sino de la presunción, de la impostura. Era ésta una percepción subjetiva, ya que ninguno de sus colegas logró distinguirlas en las sucesivas pruebas de reconocimiento a las que sometió la reproducción para verificar la fiabilidad de su pequeño hallazgo. Ni siquiera el propio Herr Gehrer acertó a descubrir el engaño cuando meses atrás, durante el proceso de restauración de la obra en el taller de conservación, hizo pasar durante unas pocas horas a la copia por el original. Todo ello ayudó a que se lanzase, que planeara en un estado de gran excitación el momento preciso para efectuar el canje definitivo y quizás se había precipitado. Podía haberse demorado más, en realidad no tenía ninguna prisa. Habría intimado más a fondo con los guardas que custodiaban las salas capitulares del museo y se habría asegurado el tiempo necesario para hacer desaparecer cualquier indicio del engaño. Se confió, le pareció todo tan sencillo y su venerado icono tan próximo, que decidió adelantar el momento del cambio unas semanas, aprovechando que el director se encontraba desde hacía unos días en Suiza. Saberse en posesión de la obra, poder acariciarla en la intimidad, volver a sentir el cosquilleo que le erizaba la piel, rememorar esos otros besos, tan anhelados, tan detestados, sería suficiente para ella. Sería más aún, como recuperar una parte de aquello que le había sido negado. Sería como devolverse fragmentos de una infancia arrebatada, proyectos inacabados, pero intactos. Le pertenecía, era su derecho, su privilegio y su cárcel.
Y ahora, cuando contemplaba por vez última el lienzo, el tiempo efectivamente apenas pesaba y las alarmas, que se habían vuelto a activar, resonaban muy lejos. Sabía que nunca había estado más cerca de su propio deseo. Se le revelaba de golpe, casi doloroso el ritual incontables veces rememorado; otras tantas ejecutado en placer solitario, para sentirse luego desierta, repudiada, y buscar de nuevo la salvación en brazos ajenos, en labios ansiosos e ignorantes. Escapar y repetir de nuevo el ciclo, una vez y otra más. Cada momento de desasosiego, un instante de frustración, cada noche, siempre por la noche, una muerte leve, un pequeño desaparecer, y una efímera redención con cada amanecer. Por fuera una mujer de hielo. Por dentro una niña huérfana, sin laureado protector, sin consuelo. Tendría que volver a ser para poder limpiarse, para sanar ese dolor que le quemaba. Sus pies desnudos reposaban sobre la piedra fría, que le devolvía su propio reflejo. Sus aureolas se oscurecieron y un escalofrío la recorrió entera. En el exterior, muy lejos, se oían sirenas, gente. Delante de ella, unos centímetros por debajo de la línea de su pubis azabache, la firma ya confusa a sus ojos de niña del aborrecido imitador. La puerta de la estancia se abrió y el aire se agitó a su alrededor, pero Emilie no se volvió, estremecida mientras palpaba la mejilla de la dama, luego la suya propia. Una vez y otra más.

miércoles, 20 de mayo de 2009

el legado de las palabras


Yo soy el pájaro / dijo un pájaro
hasta que el gato lo cazó al vuelo
y lo exhibió como un trofeo

yo soy un pájaro / rectificó el pájaro
pero a esta altura la humildad no le sirvió de nada

(Avicultura, Mario Benedetti)
[Paseo de los Toros, 1920 - Montevideo, 2009]

martes, 19 de mayo de 2009

Hay otras ciudades, pero están en esta


A una distancia razonable del bullicio premeditado del centro se perfilan otras historias, vidas de gente corriente que no siempre discurren paralelas a la tuya propia. Algo más allá del río de asfalto, detrás de un puente que ni siquiera sabías que existía, saliendo de una boca de metro que parecía mucho más lejana, ahí hierve otra ciudad. Más calles, más coches, más gente y edificios; aceras y pavimentos en obras para asemejarse aún más a la foto promocional de la gran vía o  paseo central adornado de árboles centenarios. Aquí nunca arraigarán robles o hayas de gruesos troncos porque nosotros no podremos verlos. Serán acacias o cerezos que alguien olvidó regar y que crecerán por tanto endebles y taciturnos. De pronto te sorprenderá un trozo de verde entre la marea gris, una construcción elegante que alguien debió pensar con dedicación, un puesto de flores al cuidado de un ausente, un patio interior al que inesperadamente llega la luz de un sábado por la mañana, un hogar apacible donde un gatito se entretiene y ronronea... Y sientes que la ciudad se te ha hecho pequeña, que vivías engañado entre cuatro calles y unas cuantas estaciones de suburbano que parecían un mundo entero, pero que no eran más que un teatrillo donde se representan ensayos de la vida que otra gente vive en otras ciudades, que están en esta.

sombra de ayer